lunes, 15 de octubre de 2007

Esfumar.

Déjame solo, de solamente
Déjame solo, de soledad
Si como más que tú
Y vivo más que tú
Y rezo más que tú
Ay como duele saber
Que no volveré a verte...

jueves, 11 de octubre de 2007

Amor amor

Ahh.. la vida. Tomé aire y boté un suspiro. Junté el par de monedas que aún quedaban en mi bolsillo, así mismo tomé el paquete de cigarrillos, el encendedor, las llaves y dejé un aviso. Con paso parsimonioso caminé hacia el almacén que quedaba dos calles más abajo y transité por la acera con el rostro elevado intentando no pestañar, o si no, se me caería el par de lágrimas escurridizas que de hace rato venían manipulándome con el cogote apretujado. Mojé los zapatos con una posa de barro y lluvia que estaba estancada desde la tarde anterior. Si, el cielo se nubló y rompió en llanto al igual que yo, cuando te oía horrorizada: “Talvez ya no te amo”. Dí un paso hacia atrás. ¿Me abrasaste por generosidad? ¿Besaste mis labios empapados en lágrimas por desolación? Ahh la vida… Tú, nosotros, y las inoportunas complicaciones. Te amo, aún te amo.
Con la voz sabor a angustia, pena, humo y tabaco pedí un par de leblones para volver a endulzar la vida, aunque me moje los zapatos
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domingo, 7 de octubre de 2007

Una visita al pasado.




Resulta que tenia como ocho años, y vivía en un pasaje (del cual no podía salir) acá en cerrillos, y resulta que me juntaba con unas niñas, que eran hermanas; ellas vivían como a tres casas de la mía, y el padre de ellas era rebuena onda conmigo, a veces nos regalaba dulces, y otras, hasta jugaba con nosotras un rato. Y un domingo, me dijo: “Vamos a la plaza de los juegos con la Pauli y la Camila, (las hermanas) …quieres venir? Entonces fui a pedir permiso, (eran como las cuatro de la tarde y milagrosamente mi papá me dejó ir con ellos) así que fuimos a columpiarnos a la plaza que estaba al lado de una Multicancha y que tenía muchos juegos y estaba rodeada por insuperables y gruesas ligustrinas (yo no me salía por nada del mundo del columpio). La horas se escurrieron rápidamente como agua ligera que se filtra entre un par de manos cóncavas para estancarla.
Ya como a las seis de la tarde nos íbamos de vuelta a casa... Y mientras volvíamos arranqué del camino un par de flores para recordar lo lindo que lo habíamos pasado, pero al una roza me pinchó la yema de mi dedo rechoncho, y lloró una que otra gota de sangre, pero a mí no me importó.
Llegué a casa muy, muy contenta, a pesar de mi dedo herido y un poco de dolor de cabeza porque me había caído del columpio que se había puesto violento, porque lo empujaron muy fuerte al darme vuelo. Llegué y mi papá no estaba... encontré la casa sola y con mi abuela en su cuarto regañándome y preguntándome si me mandaba sola (cosa que no entendía porque tenía el permiso de papá para ir a jugar). Llegó mi papá en la moto (después de salir a buscarme con desenfreno) y me preguntó donde estaba metida y qué me creía... me golpeó fuerte en el rostro y el cuerpo ...y mis flores cayeron al suelo junto con mis lágrimas. El rostro se me hinchó un poco y me quedó el ojo un tanto azul verdoso, al igual que mis piernas; me castigaron un par de semanas sin salir más al pasaje y sin ver televisión.
Y Todo por el solo hecho de que no había explayado bien cual plaza era a la que iríamos, esa que queda una calle más arriba, no la otra, que está al lado de mi pasaje.

sábado, 6 de octubre de 2007

Papá (Noel)

Siempre escucho decir que no hay mas ciego que el que no quiere ver, (a veces pienso que sufres de cataratas) y me viene el flechazo recurrente a la cabeza de que el problema radica en que ya nadie recuerda cuando empezó el problema y nos quedamos ciegos para siempre jamás y nunca nunca más volvimos a vernos chapoteando en el mar de adversidad presente; entonces con tanto y tanto ajetreo que viene y va, arriba, abajo, de aquí a allá, aquí, aquí adentro, en mi cabeza, durante las malditas y largas horas de mis días consumidos a trago lento por el atardecer afanoso de germinar un cielo azul de terciopelo, pecas brillantes y un globo blanco y mudo como mi boca, me pego un buen apretón de muelas y un río de lágrimas sabor a mar que se tiran en caida libre desde mis ojos al suelo amparadas de mis brazos cansados y mis piernas lloronas, y siempre, pero siempre, me pregunto cuándo fue el momento exacto en que nos convertimos en un par de extraños: ¿Fue desde siempre quizás? ¿Fue acaso cuando dejamos de creer en nuestras promesas? Ya casi no recuerdo donde quedó el tiempo (ese que era nuestro), porque creo que huyó a vuelo de pájaro y no lo veo aletear desde la ultima vez, esa cuando se fue a dar una vuelta a la Luna y después al Polo Norte y vino un rato de visita cuando estábamos todos sentados en la mesa comiendo carne al jugo con papas mayo, ensaladas variadas, y una copa de vino; y excusó su ausencia con productos tecnológicos de ultima generación.